Escribo esta entrada a raíz de un mensaje que me mandaron la semana pasada. En él me invitaban a participar en una iniciativa que consistía en usar un hashtag para contar las cosas que hacíamos como madres que sabemos que no están bien, con la intención de, según el mensaje “ayudar a otras madres imperfectas en este mundo donde se nos presiona para ser perfectas”.

El caso es, que no he querido participar porque entro en conflicto con este tipo de iniciativas por varias cosas y he pensado en compartirlas con vosotras.

¿presión?

La primera es que no concuerdo con la idea de que nos presionen. O, por lo menos, no de la manera en la que me pareció entender en el mensaje. Y una vez más creo que estamos desviando la mirada hacia donde no corresponde.

Las redes sociales y el boom desde hace unos años de los blogs de maternidad nos dan acceso a un montón de información que hace unos años las familias no tenían. Antes se educaba como se había hecho “toda la vida” en esa familia/pueblo/valle/entorno y ya.

Hoy en día, hay muchas personas hablando de porqué muchos de los métodos que se usaron para criar a nuestra generación no solo no son efectivos, sino que son negativos a largo plazo. Hay mucha gente dando ideas y alternativas para educar de una forma respetuosa. Y muchas veces esas ideas son difíciles de llevar a cabo en el contexto en el que vivimos.

¿Pero, por qué se entienden como un ataque?

¿Entendemos como un ataque cuando nos dicen que deberíamos hacer más deporte y sabemos que no lo hacemos? Normalmente no, pero cuando se trata de cómo criamos parece que, aceptar que no somos capaces de hacerlo de otra manera, nos duele más. Claro que no es lo mismo hablar de cosas que aparentemente solo nos afectan como individuos, que de cosas que afectan a nuestros hijos, pero al final el resultado es el mismo, nos gustaría hacerlo diferente y no lo hacemos por X o Y razón.

fuente: jordan-whitt-145327-unsplash

Como no puedo hablar por cada persona que habla sobre este tema, pues os voy a contar cómo yo lo veo. Desde mi punto de vista, tener acceso a esta información nos abre las puertas a la reflexión, a preguntarnos por las razones que nos llevan a hacer las cosas y a las consecuencias que esas decisiones tienen.

Si antes se pensaba que castigando se educaba a una persona, se hacía porque se pensaba que se le estaba aportando algo. Si ahora está cada vez más demostrado que los castigos no aportan nada educativo, no puedo usar esa excusa cuando se me acaban los recursos y quiero que mis hijos hagan algo que a ellos no les apetece nada, pero que para mí es importante. Que yo no tenga recursos y que termine castigándolos, no hace que los castigos sean una buena opción. Hace que yo haya resuelto una situación como mejor he podido en ese momento, pero puede que mis hijos vengan a quejarse de lo injusta que he sido y ha decirme lo enfadados que están por la decisión que he tomado. En ese momento puedo hacer dos cosas, decirles que no se quejen y que hago lo que puedo (eximirme de la responsabilidad y quiatarme culpa) o me tocará reflexionar, explicarles qué me ha llevado a hacerlo si corresponde, disculparme por no tener otros recursos e intentar buscar alternativas para la siguiente vez.

Sé que hay gente que piensa que disculparte con tus hijos te quita autoridad. Yo no concuerdo con esa idea porque solo por el hecho de ser su madre (o padre) ya tienes esa autoridad. Usarla para tu beneficio sin tenerlos en cuenta es abusar de ella. Todos preferimos una jefa o un jefe que nos tenga en cuenta y reconozca sus errores. No creo que nadie deje de respetar las normas en su trabajo porque sean amables, es más, las solemos cumplir con más gusto.

Ser la madre perfecta

Bueno, volviendo al tema que me desvío, retomemos lo de la presión por ser perfecta. Ser perfecta es imposible, simplemente porque “perfecto” no es más que una percepción de las cosas, que varía según la persona que lo esté calificando. NO hay un perfecto universal como tal, por lo tanto todo es perfecto en función del referente que nos hayamos puesto.

Partiendo de esto, nadie te puede estar presionando para que seas algo que no existe.

Por otro lado, creo que tener más conocimiento nos hace darnos cuenta de nuestras limitaciones y eso es algo, quizás, más complejo de asimilar. La tendencia a compararnos tampoco ayuda y, a lo mejor, por eso se tiene la necesidad de hacer hashtags o movimientos en los que se habla de las cosas que una hace “mal” , para sentir que no se está sola.

Foto: sarah-cervantes / unsplash

Lo que a mi no me gusta de estos movimientos es la tendencia que se tiene, en y con ellos, a no tomar responsabilidad sobre las decisiones que se toman porque el grupo te respalda. Y no, no estoy hablando se flagelarse de por vida porque hemos gritado a nuestros hijos. Estoy hablando de ser capaces de aceptar que, aunque no seamos capaces de hacerlo de otra manera, sí pasa algo, y al margen de si lo calificamos como bien o mal, tiene unas consecuencias que deberíamos asumir. De hecho, a las únicas personas a las que deberíamos rendir cuentas de lo que hacemos debería ser a los afectados, en este caso nuestros hijos.

culpa vs responsabilidad

La diferencia entre la culpa y la responsabilidad es que la primera no te lleva a nada más que a intentar hacer desaparecer ese sentimiento,¡ ( siendo la negación uno de los métodos habituales) y la segunda te hace mirar a la realidad y tomar acciones para cambiarlo, arreglarlo o mejorarlo. Una te consume y la otra te empodera.

Cuando decía antes que el foco se está poniendo otra vez en el sitio equivocado, me refería a que, recibimos la información a medias.

Leemos mucho sobre cómo afectan nuestras acciones a nuestro hijos pero nada o muy poco sobre los factores que hacen que nosotras actuemos de una manera u otra. Por lo que nos enfrentamos a la consecuencia sin saber o sin analizar dónde puede estar la causa.

El comportamiento maternal y la educación que damos a nuestros hijos son patrones aprendidos. No son instintivos como nos hacen pensar. El instinto te lleva a proteger a tus hijos lo mejor posible, pero qué hacer para cuidarlos es aprendido.

Recibimos información sobre por qué hacerlo de forma distinta a como lo hicieron con nosotras y esa información nos convence como para querer hacerlo así. Pero luego nos faltan los recursos para llevarlo a cabo y eso nos lleva a la frustración. Ahora no se trata de culpar a nuestros padres de cómo lo hicieron ellos, porque ellos también lo hicieron como pudieron, probablemente con la mejor de las intenciones, con la información que tenían y seguros de que lo hacían por nuestro bien. Pero claro, si ahora queremos hacerlo diferente, va a ser más complicado que si quisiéramos hacerlo igual que ellos.

Aceptación o me pico y no respiro

Así que el primer paso es aceptar que no tenemos las herramientas para hacerlo como nos gustaría. Cada una sabrá cuales le faltan para llegar a su objetivo. Una vez nos damos cuenta de esto y de que no llegamos al 100%, es el momento de ver hasta dónde llegamos, que puede ser un 90-70-40% de lo que nos gustaría.

Desde mi punto de vista es más productivo enfocarnos en ese porcentaje de cosas que nos llevan a lo que queremos que en las que no. No se trata de hacer como que no existen, pero tampoco de alardear de ellas. Es decir, hay que darles el lugar que les corresponde. Es como si quieres correr 10 km y llegas a correr 6. Te puedes felicitar por haber conseguido esos 6km, que antes no podías, y seguir entrenando o puedes flagelarte por no haber corrido los 4km que te faltan para tu objetivo, dejar de entrenar porque total tampoco pasa nada si no haces ejercicio y montar un club de no corredoras diciendo que las que corren 10km te meten presión para ser Runner. Claro que puedes escoger la segunda opción, pero habría que analizar si te están metiendo presión o a ti te parecía una buena idea y luego te has dado cuenta de que no llegas a tanto porque tu camino en la vida ha sido diferente (o lo que sea) y no tienes esa capacidad (todavía).

Hay tantas cosas por cambiar en el mundo de la maternidad y de la crianza, que esta carrera es imposible hacerla solas. El entorno tiene que cambiar, las leyes tienen que cambiar, el sistema de escolarización y la enseñanza deberían cambiar. El futuro de nuestros hijos, no depende exclusivamente de la educación que reciban en casa, pero es donde podemos hacer más como individuos y por eso creo que muchas familias intentan comenzar ese camino en casa.

Que no lleguemos a todo no implica que estemos arruinando su futuro, pero hacer como si no pasara nada no ayuda.

En la sociedad en la que vivimos es imposible llegar a todo y nadie debería juzgar a qué le da importancia cada familia, porque nadie está en los zapatos de los demás. Cada quien debe tener claro por qué toma las decisiones que toma y debería poder estar tranquila con ellas aunque sepa que causan daños colaterales. Y al mismo tiempo, responsabilizarse de dichos daños porque, aunque no haya podido hacerlo de otra manera, alguien ha pagado las consecuencias y no merece ser ignorado.

Reflexión

No soy quién para estar a favor o en contra de estas iniciativas. Entiendo el sentimiento que las promueve y por qué tienen tanto éxito. Solo creo que, a veces, se usan como excusa para justificar nuestra falta de recursos y dejar, una vez más, que sean los que menos responsabilidad de todo tienen, quienes paguen el pato.

Por lo tanto, más que mirar a otras madres, deberíamos mirarnos a nosotras mismas primero y ver qué tenemos y qué podemos dar. Analizar lo que nos falta en recursos de crianza y ver cómo o si podemos compensarlo. Puede que, en algunos casos, no podamos hacer nada porque ni siquiera podremos ver que tenemos esa carencia, pero entonces, si algún día vienen a decirnos que esto o aquello no les gustó, igual es el momento de reflexionar, explicar y disculparnos por no haber podido hacerlo de otra manera.

Yo tengo asumido que cometeré fallos (los de hasta ahora y los que quedan por venir), aspiro a que mis hijos, en un futuro, tengan la confianza de venir a contarme qué no les pareció bien y disculparme por lo que no pude ver en su momento. Pero una cosa tengo clara, y es que soy la mejor madre para mis hijos. No es porque lo diga yo, es que todas somos la mejor madre para los nuestros. Y si tienes dudas, te animo a que les preguntes si te cambiarían por otra. Esto es como la autoridad, ya es tuyo. Solo tienes que ocupar el lugar que ya te corresponde, no tienes que esperar a que nadie lo valide.

Si has llegado a leer hasta aquí, hoy te lo agradezco el doble 🙂

Amaia.

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