Esta semana es especial en casa, estamos de celebración porque el más peque ya cumple 6 años. Parece mentira que haya pasado tanto tiempo y parece que fue ayer cuando pasamos de ser 3 a ser 4 en la familia. Así que, aprovechando la  ocasión voy a estrenar la sección de maternidad del blog y contaros cómo cambió el nacimiento de mi segundo hijo la idea que tenía de la maternidad. Porque con cada hijo, nace también una nueva madre.

Preocupaciones diferentes en el segundo embarazo:

Durante el primer embarazo todo era nuevo y la verdad es, que iba tan feliciana por la vida, que no me preocupé demasiado por lo que llegaría. Pero con el segundo embarazo eso cambió. Una de las cosas que me inquietaban, era que no me imaginaba queriendo a alguien tanto como quería a mi hija. De hecho, me pasé el parto del segundo preguntando cómo estaba la primera. Tal vez por eso, nada más dar a luz estaba yo un poco como a otra cosa. Por suerte, lo pusieron encima de mí al instante y la oxitocina se encargó de que esa sensación se disipara. Me re-enamoré.

Pero ahora no era sólo él, su hermana ya estaba ahí.

Precisamente fue eso, el no querer que el entorno de ella cambiara mucho, lo que hizo que mi segunda maternidad fuera, paradógicamente (o no), más relajada.

Otras prioridades en la maternidad:

Y no, no me iluminé de repente y mi maternidad cambió. Simplemente decidí no complicarme la vida.

Y sí, volví a probar lo que se suponía que me iba  afuncionar: Volví a probar que fuera en el carro, y volvió a no funcionar; Volví a probar el móvil de la cuna para entretenerlo y volvió a no servir absolutamente para nada; Volví a intentar que se durmiera sólo y me volvió a decir que “lo que yo te diga”. Entonces es cuando me di cuenta de que, no era que mi hija había salido rebelde, es que los bebés necesitan otras cosas. Así que, por mi comodidad, decidí que iba a responder a lo que él pedía (a lo loco!).

Para algunos, darle a un bebé lo que pide todo el rato es malcriarlo, pero (ojo spoiler) un bebé no tiene capacidad de razonar. No se le puede educar, lo que sí se puede hacer es adiestrarlo. Pero eso es otra cosa. Aunque ya os digo que yo no había pensado en esto antes, vamos, que lo hice por COMODIDAD. Porque me venía mejor y porque decidí que ya que era yo la que tenía que estar al pie del cañón lo iba a hacer como me viniera mejor.

Rompiendo el esquema del universo del bebé:

De repente nos encontramos en casa con un montón de cosas que en realidad no usábamos pero que habíamos comprado como imprescindibles. Por lo tanto empezamos a ser prácticos. ¿Que no se usa el carro? Se vende. ¿Qué no duerme en la cuna? A la cama. ¿Qué quiere estar todo el día en brazos? Bueno, ahí usé portabebés. Y fue una gran decisión y un alivio. No tener carro, por ejemplo, me quitó todo el agobio de ver cómo mi hijo no quería usarlo. Además ahorramos espacio, recuperamos algo de dinero y disminuyeron drásticamente las situaciones de llanto en mitad de “inserte aquí el típico lugar donde no le viene bien que su bebé llore porque no puede atenderlo”.

Como no teníamos carro, porteabamos siempre, lo que nos dió muchísima libertad y tranquilidad. Porque aunque mi hija no quisiera ir en el carro, por alguna razón pensaba que era una cosa de ella, particular. Y seguía intentándolo. Algunas personas necesitamos más tiempo para pillar las cosas…

Y a ver, claro que el pequeño también lloraba, era un bebé, pero la frecuencia  era muuucho más baja, sencillamente porque tenía menos cosas que reclamar.

El arte de no complicarse la vida:

La explicación biológica a todo esto, como comentaba más arriba, la supe después. En aquel momento lo hice para facilitarme la vida. Y eso fue lo que cambió mi idea de la maternidad. Estuve intentando encajar en un modelo de maternidad que no es realista y eso desgasta mucho. Es como estar intentando pasar por un agujerito en la pared y tener al lado una puerta gigante que nadie usa porque sino te mal acostumbras. Pues yo con la primera intenté el agujerito pero fue agotador, y con el segundo, pues, que queréis que os diga, vi la puerta y dije “me vais a perdonar pero me voy por ahí”.

Y claro que vinieron situaciones complicadas, no siempre van las cosas rodadas, pero desaparecieron de mi día a día la “hora mala” de las 7 de la tarde, donde muchos bebés tiene cólicos. Los paseos con el carro vacío y bebé en brazos, los “no hagas ruido que tu hermano está durmiendo” o “no, ahora no podemos salir porque tu hermano duerme”.

Disfrutar de la maternidad:

Pero sin duda lo mejor que me llevo de ese cambio son los recuerdos. Lo disfrutado. Todas esas horas de estar pegados son un regalo que nos acompañarán a los dos toda la vida. Él a sus 6 años, aún se acuerda de la sensación de seguridad y calor al ser porteado y yo guardaré para siempre cada beso en la nuca, cara estirón del moño, cada plátano restregado en mi camiseta y la sensación de notar como va pesando más y saber que se ha dormido.

La maternidad es dura de por sí sin que te pase nada extraordinario. Conlleva muchos cambios y ya tenemos bastante con adaptarnos a una nueva situación como para intentar o tener que encajar en los modelos de otros. Así que, solo puedo agradecerle a mi hijo que viniera a enseñarme que había otra forma de hacer las cosas y me diera la oportunidad de cambiarlas. Agradecerle por haberme ayudado a ver lo dura que fui con su hermana en alguna cosas y permitirme empezar a hacerlo de otro modo. Porque su llegada me conectó con sentimientos nuevos y en la conexión empezó el cambio.

 

¿Sentís vosotras que hacéis más lo que se espera de vosotras que lo que os gustaría? Yo en realidad la primera vez tampoco me lo planteé mucho, pero lo vi claro después

Espero vuestros comentarios mientras soplamos velas y comemos tarta!

Gracias por leerme.

Amaia.

 

 

 

 

 

 

 

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